FMI: que paguen los que tengan que pagar

Por: Roberto Caballero (El Destape Web)

FMI: que paguen los que tengan que pagar

El mejor trato de la historia reciente con el Fondo Monetario Internacional (FMI) fue en 2006, cuando Néstor Kirchner le pagó lo que se le debía y trasladó la capital de las decisiones económicas, que por entonces estaba en Washington, otra vez a Buenos Aires.

Bajo esa perspectiva, cualquier otro “entendimiento” con el organismo jamás será motivo de celebración, porque reconfirma lo amargamente sabido: que Mauricio Macri nos volvió a endeudar de manera salvaje, y que eso trajo aparejado, aunque algunos negacionistas eviten asumirlo, una espantosa resignación de soberanía que no comenzó ahora, sino en mayo de 2018.

Que es concreta, no fantástica. Materialmente ostensible en los anuncios oficiales de las últimas horas. No falta a la verdad el gobierno cuando afirma que este un problema heredado al que le está buscando una solución razonable y posible.

¿Podría haber sido peor? Mil veces.

Con condiciones más dramáticas. Con exigencias más recesivas. Con pedidos de reforma laboral y jubilatoria. Con una devaluación automática que pulverice todavía más los salarios.

Eso no estaría escrito en el acuerdo.

¿Lo hace mejor, entonces? ¿Más digerible? ¿Más aceptable? Comparado con otros que se firmaron en la década del ’90 y nos llevaron al default, probablemente sirva para presentarlo como menos perjudicial. Contrastado, incluso, con el que el propio FMI firmó con Macri, este en los papeles hasta parece viable, cosa que el otro no era desde el vamos.

Pero el acuerdo y punto, sin adjetivaciones, nos recuerda la exacta dimensión, el volumen del problema que Cambiemos le dejó al conjunto de la sociedad argentina. La deuda como bomba de relojería puesta a estallar para cargarse la estabilidad de cualquier gobierno con pretensiones de alguna autonomía, aunque sea tibia de toda tibieza.

Por caso, el tristemente célebre “artículo IV”, el de la revisión trimestral de las cuentas nacionales, que retorna con este programa de facilidades extendidas, es de neto corte colonial. Funcionarios del FMI vendrán a escudriñar cuánto cumplió de sus compromisos de bajar el déficit el gobierno del Frente de Todos.

Y van a opinar sobre cómo achicar eso que denominan “gasto”. Y si están disconformes, pueden trabar el desembolso para el pago de un vencimiento. Y así como hacen eso, en otro momento, si quieren, te van a declarar en default.

Se lo hicieron a Domingo Cavallo, que era un cuadro neoliberal que solo recogía simpatías en Washington, ¿qué cosa podrían hacerle a un gobierno que no comulga con sus ortodoxias?

O te piden que recortes lo que un gobierno nacional y popular no puede recortar porque dejaría de ser nacional y popular, lisa y llanamente.

Así era la vida, auditada por el FMI, antes de Néstor.

La discusión sobre los sentimientos del FMI, si está más bueno o más malo que nunca, excede el espacio de esta columna. No hay que humanizar a los organismos de crédito. Kristalina Georgieva quizá sea una buena madre o se haya casado muy enamorada, o se entretenga arrancándole las alas a las mariposas, no se sabe e importa menos aún.

El FMI no hace lo que hace porque sea bueno o malo. Es un instrumento del sistema financiero global. Lo hace porque su misión es asegurarse que va a cobrar lo que prestó y la manera más fácil de conseguirlo es que los países destinen más recursos a pagar sus deudas que a las otras cosas que construyen comunidad.

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