Empresas Familiares

Hombres y mujeres en la empresa ¿Lucha de poder o vínculos de reciprocidad?

Por: Cdor. Pablo Loyola – Miembro del IADEF

Aún recuerdo, hoy con humor, una frase que una persona muy cercana y que nos quería mucho le decía a mi esposa cada vez que nos veía: “Nena, que bien has educado a estos chicos”. Era una mujer mayor que hacía referencia a nuestros hijos. ¿Podría enojarme con esa persona por pensar así? ¿Como si uno no hiciera el 50% del trabajo en la educación integral de nuestros hijos? Por supuesto que el comentario me era antipático, pero ella ni se daba cuenta de lo que en mí producía esa frase. Si analizo el paradigma cultural y social que ella tenía, lo que estaba haciendo era todo un halago hacia nuestra familia.

Con esta pequeña anécdota personal deseo graficar en que no hace tanto tiempo, se le daba a la mujer el rol de “ama de casa + cuidado de los hijos + atención al marido” y era el hombre quien asumía el trabajo de traer el pan a la casa. En esa época, toda mujer que desatendiera sus hogareñas tareas era muy mal vista socialmente y hasta se consideraba un “desacato” hacia su esposo, hacia una norma social establecida. La mujer era considerada casi un bien del marido, que éste aceptaba de la mano del padre al momento de casarse.

En términos generales, el padre era quien mandaba para todos los aspectos prácticos de la vida familiar. No podía hacerse nada sin su venia, y era él quien decidía cuál era el mejor futuro para los hijos. A simple vista, aunque quizás puertas adentro la realidad fuera otra, la mujer de la casa no tenía mucha injerencia en estos asuntos y se limitaba más a apoyar las decisiones del hombre de la casa.

Justamente por la ecuación mujer = ama de casa, no tenía mucho sentido que estudiara. Sí podía aprender a coser, tejer y cocinar. Era impensado que siguiera una carrera en la universidad. A lo sumo podía estudiar para ser maestra o enfermera, pero era extraño encontrar mujeres médicas o abogadas.

Fueron modelos culturales, sociales y familiares que respondían a una época, con características que hoy quizás nos parecen increíbles y a los que no deseamos regresar. En este momento la realidad es otra. El mundo ha cambiado -y cambia cada vez más rápido- poniendo en tela de juicio muchas cuestiones que hasta la fecha eran verdades indiscutibles.

En la mayoría de los países, en general se acepta que el rol de la mujer es otro respecto al de años atrás y que su aporte es fundamental en todos los campos. Incluso se ha demostrado que la reciprocidad entre hombres y mujeres sería la mejor manera de aprovechar nuestras capacidades. Cuando digo “reciprocidad” me refiero al trabajo en comunión, donde luego de una interacción entre dos personas, ambas adquieren riquezas de la otra y se ven mutuamente beneficiados. Ninguna de las dos personas es la misma que antes de la interacción.

Las realidades que se han presentado en la sociedad, naturalmente también se verifican en la empresa familiar. Es así que las trayectorias profesionales de hombres y mujeres no fueron -ni son- las mismas a la hora de incorporarse a una empresa. Como será de habitual esta situación, que se lo conoce en el mundo de la empresa como fenómeno de las “paredes de cristal”.

Ya hay estudios que demuestran que un equilibrio de género en los equipos directivos trae mejores resultados para la empresa: los equipos mixtos son más creativos, tienen soluciones más innovadoras cuando se enfrentan a problemas y tienen como consecuencia una mayor rentabilidad (OIT, 2015).

La OIT cita algunas ideas para que los empresarios puedan ayudar:

  • Tomar medidas concretas para eliminar las paredes de cristal.
  • Contar con reglas claras para medir el desempeño y promover al personal.
  • Contratar evaluando objetivamente capacidades y formación, con independencia del sexo del postulante.
  • Introducir horarios flexibles de trabajo para que tanto mujeres como hombres puedan tener mayor posibilidad de conciliar familia y trabajo.
  • Sancionar fuertemente cualquier tipo de agresión o abuso por cuestiones de género.

Quisiera finalizar con una frase que me gustó mucho por el paradigma que plantea, donde ni uno ni otro es más fuerte o mejor. Tiene que ver con esta reciprocidad que mencioné algunas líneas antes.

“El ser humano es relacional, su crecimiento y felicidad se logran a través del propio desarrollo y armonía con su entorno humano y natural. Somos seres –con– otros, seres –para– otros. De allí que es mediante la dinámica relacional, la comunicación, como podemos llegar a la plenitud. Ha llegado el momento histórico en que, tanto para el varón, como para la mujer, las puertas del estudio, el trabajo, el hogar, de la asistencia a los necesitados, se han abierto por igual. Maravillosa situación que nos llama a plantear el ser y el quehacer bajo los parámetros de autenticidad, complementariedad y cooperación, para hacer de este mundo un lugar habitable, justo y fecundo” (Araújo de Vanegas, 2005).

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